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viernes, 23 de agosto de 2013

España 1975. El final del Generalísimo


El 20 de noviembre de 1975, fecha que curiosamente coincidió con el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera, murió el General Francisco Franco.
 Mientras miles de españoles desfilaron ante su féretro, otros no ocultaron su alivio por el fin de la larga dictadura de casi cuarenta años. Dos días después, Juan Carlos de Borbón juró como rey, iniciando la larga transición hacia la democracia.
La confluencia en la década de 1970 de factores negativos para el régimen de muy variopinta procedencia (crisis energética, huelgas y oposición antifranquista, terrorismo, problemas saharianos), acabó por descomponer un orden obsesionado con su permanencia. La larga agonía del general Franco, simbolizó el agotamiento del sistema, pese a que pocos podían prever que habría una transición hacia la democracia.
 
 La izquierda española se encontraba dividida entre sectores radicales que utilizaban prácticas terroristas (ETA), y sectores más moderados que intentaban una salida más progresiva y amplia hacia la democracia. En la derecha, en tanto, el temor de lo que ocurriría cuando Franco muriese afectó a los diferentes sectores de las fuerzas del régimen de manera distinta. Los grupos falangistas -atrincherados en la burocracia estatal y sindical, la Policía y la Guardia Civil- beneficiados y enriquecidos con el régimen estaban dispuestos a defender hasta las últimas consecuencias la dictadura, mientras un sector aperturista, constataba que los notables cambios sociales y económicos de los diez años anteriores habían convertido las estructuras políticas del franquismo en algo totalmente anticuado, y querían liberalizar lo suficiente para permitir que el régimen sobreviviera. Los aperturistas deseaban adaptar las formas políticas del régimen a uno de los aspectos, al menos, de la cambiante realidad española, es decir, el surgimiento de un capitalismo a gran escala, tanto nacional como multinacional, fuerza económica dominante del momento.
El retorno de la monarquía española -prometida por Franco- fue consecuencia de un proceso que se inició el 12 de octubre de 1975, con los primeros rumores sobre la salud de Franco. Las informaciones oficiales eran incompletas y tardías, pero de todas formas permitieron saber que la gripe que padecía se había complicado con alteraciones cardíacas. Esto no doblegó al dictador que, a pesar de su estado, decidió continuar presidiendo el Consejo de Ministros, conectado a un monitor que registraba su situación cardiovascular. Su estado se complicó con un edema pulmonar y hemorragias digestivas que obligaron a practicarle una operación, de vida o muerte. Ante la gravedad de la situación se pusieron en marcha los mecanismos sucesorios, que debieron vencer la oposición de quienes se negaban a que Franco, incluso moribundo, cediera sus poderes al príncipe de España. Franco pasaría por dos operaciones más, además de un proceso de hipotermia para alargarle artificialmente la vida. Finalmente, la muerte llegó el 20 de noviembre, luego de cerca de 40 años de ostentar el más absoluto de los poderes.
Muerto Franco y ante la sorpresa internacional, España experimentó el tránsito, atípico en la forma y en el fondo, de un régimen autoritario a una monarquía democrática desde la legalidad corporativa franquista. Autodisueltas las viejas Cortes y encauzada por el monarca la nueva situación, comenzó un largo y complejo periodo de transición política, donde se conjugaron circunstancias favorables ni siquiera barajadas por sus protagonistas. Esta combinación de preparación y suerte, maquinación y casualidad permitió, precisamente desde el respeto a la legalidad, romper la legitimidad anterior y sacar adelante el complicado reajuste político.

El nombramiento del príncipe Juan Carlos como rey, fue recibido con satisfacción en los círculos franquistas, que veían que de este modo se habían tomado finalmente las medidas definitivas para garantizar la continuidad del régimen. Los monárquicos liberales que apoyaban a don Juan y propugnaban una política de evolución desde dentro, se sintieron decepcionados al ver desvanecerse sus esperanzas y algunos de ellos comenzaron a aproximarse a la oposición democrática. También los falangistas se sintieron decepcionados, aunque se consolaron pensando que la supervivencia del franquismo sin Franco facilitaría su propia supervivencia. Ni ellos ni los enemigos del régimen podían prever el papel que jugaría Juan Carlos en la transición a la democracia en 1976 y 1977.
La vía elegida para tal fin fue la reforma, en lugar de otras más radicales, máxime al constatar la tupida red de intereses ligados al pasado régimen y los esfuerzos necesarios para materializar sin violencias la alentadora promesa de Juan Carlos I de ser "rey de todos los españoles". En el verano de 1976, la designación de Adolfo Suárez como presidente del gobierno en sustitución de Carlos Arias Navarro, facilitó la puesta en marcha de un proyecto pactado de reforma política que, en un año y con la estimable ayuda de Torcuato Fernández-Miranda (político y jurista que participó en el gobierno de Franco), desembocará en elecciones generales, una práctica olvidada en este país desde la etapa republicana.
El texto constitucional promulgado en diciembre de 1978, fruto del consenso de la pluralidad de fuerzas políticas, define a España como un Estado de derecho, democrático y social. A este tercer intento democratizador contemporáneo no le faltaron problemas: los sectores reacios al cambio se escandalizaron con "provocaciones" como la legalización del Partido Comunista, la reforma autonómica, la conflictividad social, la laicización y la crisis económica. El intento golpista del 23 de febrero de 1981 así lo demuestra, al igual que la inutilidad jurídica de pretender justificar actos como éste apelando al "estado de necesidad".

jueves, 18 de octubre de 2012

Benito Mussolini y la Segunda Guerra Mundial



Mussolini adoptó una política exterior agresiva; contravino las recomendaciones de la Sociedad de Naciones e inició la conquista de Etiopía (Abisinia, 1935-1936), ganándose así la aclamación de casi todos los sectores de la sociedad italiana. No obstante, la popularidad del Duce disminuyó cuando adoptó las siguientes medidas: el envío de tropas para apoyar al general Francisco Franco durante la Guerra Civil española (1936-1939), la alianza con la Alemania gobernada por el nacionalsocialismo (partido nazi) mediante la formación del Eje Roma-Berlín (1936), que culminó con el denominado Pacto de Acero entre ambos estados (1939), la promulgación de leyes contra los judíos y la invasión de Albania (1939).
Mussolini ejerció una notable influencia sobre los políticos españoles más conservadores. En 1923, al llegar al poder tras un golpe de Estado, el dictador Miguel Primo de Rivera trató de imitar a Mussolini e implantó soluciones e instituciones de carácter fascista hasta su caída en 1930. Posteriormente, partidos políticos de derecha, una vez implantada la II República española, enviaron emisarios a Mussolini para buscar su apoyo en los planes que estaban preparando para levantarse contra el régimen republicano. El levantamiento más tarde liderado por el general Francisco Franco se inició el 18 de julio de 1936 y Mussolini apoyó decisivamente a los rebeldes, enviando a España a una división completa del Ejército italiano.
Participación en la Segunda Guerra Mundial
Mussolini, cuyo Ejército no estaba preparado, no participó en la Segunda Guerra Mundial hasta que los alemanes invadieron Francia en junio de 1940. Italia luchó contra los británicos en África, invadió Grecia y se unió a los alemanes en el reparto de Yugoslavia, la invasión de la Unión Soviética y la declaración de guerra a Estados Unidos.
Tras las múltiples derrotas que sufrieron los italianos en dichas operaciones bélicas el Gran Consejo Fascista destituyó a Mussolini el 25 de julio de 1943, le detuvo al día siguiente y firmó en el mes de setiembre un armisticio con los aliados, que habían invadido el sur de Italia.
Sin embargo, los alemanes rescataron en setiembre de ese mismo año a Mussolini, que proclamó la República Social Italiana, efímero régimen radicado en Salò (en la orilla occidental del lago de Garda, situado en el norte de Italia) y que sólo subsistió por la protección alemana. El líder italiano intentó huir a Suiza con su amante, Clara Petacci, durante los últimos días de la guerra, pero ambos fueron capturados por miembros de la Resistencia italiana, quienes les fusilaron en Giulino di Mezzegra (en las proximidades del lago de Como) el 28 de abril de 1945, siendo sus cuerpos expuestos públicamente en las calles de Milán.

viernes, 12 de octubre de 2012

1936. La guerra civil española



La Segunda República española fruto del concenso, no logró resolver los distintos problemas que enfrentaban a los distintos sectores de la sociedad. La historia se resolverá con una de las más dramáticas guerras civiles de nuestro tiempo.

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

Las elecciones de 1936 que dieron la victoria al Frente Popular, no lograron superar las dificultades que arrastraba la República desde su instauración. La crispación entre sectores sociales y políticos antagónicos se hacía cada vez más violenta, y la convicción de que el gobierno era incapaz de defender el orden y la propiedad cundió entre los sectores medios y la clase alta española. Los temores de la derecha generaron un movimiento hacia la violencia, ganando terreno el monárquico Calvo Sotelo, y la Falange, organización fascista acaudillada por el hijo del dictador Primo de Rivera.

Alzamiento y guerra civil
 España. Año 1936. 13 de julio.
El ultraderechista Calvo Sotelo es muerto a tiros por oficiales de la Guardia de Asalto, como reacción contra el asesinato de un oficial suyo a mano de los falangistas. Ésta fue la mecha que disparó el alzamiento militar. A partir de allí, y durante tres dolorosos años se instaló la guerra civil española, tal vez el acontecimiento que impactó más a la opinión internacional hasta entonces.

En aquel momento, el Gral. Mola despachó las últimas órdenes para la rebelión; ésta empezaría en Marruecos a las cinco de la tarde del 17 de julio, habiendo de estallar en la península a las 24 horas siguientes.
Durante los días 18 y 19 de julio, España quedó dividida en dos partes, ya que los pronunciamientos militares estallaron en numerosas ciudades.
En general la Guardia civil apoyó el pronunciamiento y la Guardia de Asalto le hizo frente. En todas partes encontró la oposición de los trabajadores organizados.
El gobierno realizó desesperados intentos para evitar la guerra civil. El primer ministro Casares Quiroga (noche del jueves 17), como los gobernadores civiles de las grandes ciudades (18 de julio), se negaron a distribuir armas entre las organizaciones de trabajadores, lo cual contribuyó en muchos casos al éxito de los rebeldes. Tras estos acontecimientos, Casares Quiroga dimitió y Martínez Barrio fue nombrado su sustituto para llevar a cabo un último intento de evitar la incipiente guerra. Sus conversaciones con los rebeldes no consiguieron detenerla. El 19 de julio Martínez Barrio dimitió a su vez para ser reemplazado por un gobierno de resistencia bajo las órdenes de José Giral. El mismo día fueron distribuidas armas al pueblo y la guerra civil comenzó.

Desde el primer momento el territorio nacional quedó dividido en dos zonas en función del éxito que obtuvieron los militares sublevados. Prácticamente se reproducía el mapa resultante de las elecciones de febrero de 1936; salvo casos aislados, los militares triunfaron en aquellas provincias donde resultaron más votadas las candidaturas de derechas, mientras que fracasaron en aquellas donde la victoria electoral correspondió al Frente Popular.

El comienzo del 'Alzamiento' tuvo efecto el 17 de julio en Melilla. Las unidades militares de Marruecos que no controlaba el gobierno republicano se hicieron pocas horas después con Tetuán y Ceuta. El general Francisco Franco partió desde Canarias en una avioneta privada (Dragon Rapide) a Tetuán el día 18. Ese mismo día se sublevaban los mandos militares de otras divisiones peninsulares; sin embargo, el levantamiento fracasó en las principales ciudades del país. Desde el día 18 ni el gobierno ni los rebeldes controlaban la totalidad del país.

El mapa inicial dejaba en manos de los sublevados parte de Castilla la Vieja, León, Galicia, Cáceres, poblaciones de Andalucía, oeste de Aragón, Navarra, Baleares y Canarias. El gobierno conservaba: el País Vasco, Cantabria, Asturias, Castilla la Nueva, Cataluña, Levante y el resto de Andalucía. Conforme avanza la contienda, la zona republicana perdía territorio que, desde finales de marzo de 1939, pasó integro a disposición del ejército franquista.
Casi tres años llevó a los rebeldes la conquista de España, ya que la guerra no terminó hasta finales de marzo de 1939.
Los objetivos de los rebeldes eran defender los intereses del ejército, de los terratenientes y de la Iglesia. El gobierno de Azaña y Casares Quiroga contra el que se alzaron, no era sino un régimen liberal blandamente progresista, al que los anarquistas y socialistas amenazaban con revolución social. La rebelión del ejército puso en marcha la inminente rebelión social.
En los tres meses que siguieron a la rebelión, se verificó en España el más amplio, logrado y espontáneo intento de revolución "desde abajo" que se recuerda. Tuvo rasgos admirables: en muchos sitios se consiguió una difícil combinación del culto de la dignidad y libertad humanas con los intentos de lograr la igualdad económica. También tuvo rasgos terribles: la sangre derramada y la violencia.

domingo, 23 de septiembre de 2012

El fascismo en otros países


El régimen de Mussolini facilitó el modelo de fascismo característico de las décadas de 1920 y 1930. La Gran Depresión y el fracaso de los gobiernos democráticos al abordar las consecuentes dificultades económicas y el desempleo masivo, alimentaron la aparición de movimientos fascistas en todo el mundo. Sin embargo, el fascismo en los otros países se diferenciaba en ciertos aspectos de la modalidad italiana.
El nacionalsocialismo alemán era más racista; en Rumania, el fascismo se alió con la Iglesia ortodoxa en vez de con la Iglesia católica romana. En España, el grupo fascista radical Falange Española fue originariamente hostil a la Iglesia católica romana, aunque después, bajo la dirección del dictador Francisco Franco, se unió a elementos reaccionarios y pro-católicos.
El gobierno autoritario militar de Japón se parecía mucho al de la Alemania nazi. Dirigido por los militares ensalzaba las virtudes guerreras tradicionales y una devoción absoluta al emperador divino. Al igual que sus correligionarios alemanes, los japoneses lanzaron una fanática ofensiva hacia la expansión a través de conquistas militares.
En Francia el fascismo estaba dividido en varios movimientos. Mientras que en la mayoría de los casos el fascismo prosperó en países que estaban atrasados en el plano económico o marcados por fuertes tradiciones políticas autoritarias, el fascismo galo avanzó en una de las democracias europeas más consolidadas. En 1934 unas 370.000 personas pertenecían a las diferentes organizaciones fascistas francesas, tales como Jeunesses Patriotes (Juventudes Patrióticas), Solidarité Française (Solidaridad Francesa), Croix de Feu (Cruz de Fuego), Action Française (Acción Francesa) y Francistes (Francistas). Más de 100.000 de entre ellos se congregaban en París.
En Gran Bretaña, la Unión de Fascistas Británicos, de Oswald Mosley, disfrutó de un breve apogeo de publicidad desde su formación en 1932 hasta su colapso definitivo en 1936 cuando se prohibieron los uniformes paramilitares, pero tuvo poco apoyo público. Del mismo modo, el fascismo belga tuvo su punto álgido en la primera mitad de la década de 1930 y se reanimó por poco tiempo bajo la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. En Noruega, el fascismo atrajo a algunos simpatizantes notables como Vidkun Quisling y el premio Nobel de Literatura Knut Hamsun, pero del mismo modo necesitó de la ocupación alemana para disfrutar de algún poder político.
El fascismo disfrutó de un mayor éxito en el periodo de entreguerras en los países del este y del sur de Europa. En Austria Engelbert Dollfuss, canciller desde 1932, disolvió la República austriaca y dirigió un régimen proto-fascista en alianza con Mussolini hasta que fue asesinado en 1934 por militantes nacionalsocialistas que pretendían la unión con la Alemania nazi. El régimen personal que estableció Miklós Horthy en Hungría, en 1920, precedió en realidad a Mussolini en Italia como la primera dictadura nacionalista de entreguerras pero Horthy no era totalmente un fascista y los fascistas húngaros sólo consiguieron el poder bajo la ocupación alemana, de 1944 a 1945.
En Rumania, un fuerte antisemitismo inspiró un violento movimiento llamado la Guardia de Hierro, que convulsionó la política del país desde la década de 1920 hasta su aniquilación por el Ejército rumano bajo Ion Antonescu durante la contienda civil que siguió a la abdicación del rey Carol II en 1940.
Los fuertes antagonismos culturales y religiosos en Croacia y Bosnia llevaron a la creación de la Ustacha - un grupo fascista católico que, bajo los auspicios del Eje, llevó a cabo terribles pogromos de judíos y serbios ortodoxos desde 1941 hasta 1945.
El régimen dictatorial impuesto por António de Oliveira Salazar en Portugal en 1932 poseía notables características fascistas, sin exhibir el totalitarismo extremo del nazismo o de movimientos de otros lugares.

El fascismo italiano. Benito Mussolini


El término "fascismo" fue utilizado por primera vez por Benito Mussolini en 1919 y hacía referencia al antiguo símbolo romano del poder, los fasces, unos palos atados a un eje, que representaban la unidad cívica y la autoridad de los oficiales romanos para castigar a los delincuentes.
Mussolini, el fundador del Partido Nacional Fascista italiano, inició su carrera política en las filas del Partido Socialista.
En 1912, como director del principal periódico socialista italiano, "Avanti!", se oponía tanto al capitalismo como al militarismo. En 1914, sin embargo, cambió de actitud pidiendo que Italia entrara en la Primera Guerra Mundial y se acercó a la derecha política.
Tras la contienda, la inflación estimuló una agitación activa y eficaz de las clases trabajadoras en pro de salarios más elevados en las ciudades y en el campo, y porque el exceso de población en éste último provocó una intensificación de la lucha de clases.
Durante la guerra el costo de vida había subido mucho más que los salarios y el nivel de vida de los trabajadores había caído de manera importante. En 1918 los salarios reales eran inferiores en un tercio aproximadamente a los de 1913.
Huelgas en las ciudades y en el campo, respaldadas por los socialistas, estallaron en toda Italia.
En 1919 se produjeron más de 1800 huelgas que afectaron a un millón y medio de trabajadores, y en 1920 más de 2000 en la que tomaron parte cerca de 2.000.000 de personas (estas cifras no incluyen las huelgas a nivel nacional).
La violencia presidió estos acontecimientos: entre abril de 1919 y setiembre de 1920 resultaron muertos más de 320 trabajadores frente a un número de bajas muy reducido por parte de las fuerzas del orden. En setiembre de 1920 la presión de la clase obrera organizada alcanzó su punto culminante con la "ocupación de fábricas". Este proceso se inició cuando el gremio de los obreros metalúrgicos decidió realizar una huelga activa. Cuando los empresarios respondieron intentando realizar el lock out, los sindicatos ordenaron tomar las fábricas e intentar mantenerlas en funcionamiento.
En el campo, la falta de tierras empujó a los campesinos que no la tenían a apropiarse de las tierras  pertenecientes a los grandes propietarios. Por otra parte, la superpoblación traía aparejada la falta de trabajo: habían muchos más brazos de los que se requerían.
La alarmante situación sumada a los discursos del Partido Socialista italiano hicieron pensar que la revolución roja era inminente.
Mussolini puso su movimiento al servicio de la clase media que se sentía amenazada, los empresarios conservadores y de los intereses de los propietarios de las tierras que, junto con la Iglesia Católica de Roma y el Ejército, querían detener la "oleada roja".
Mussolini, en setiembre de 1920 decía: "Soy reaccionario y revolucionario según las circunstancias"
Este viraje le aportó a Mussolini el apoyo político y financiero que necesitaba, y su considerable poder oratorio hizo el resto (al igual que Hitler en Alemania fue un demagogo dotado de una gran efectividad).
Sus Fascios Italianos de Combate, creados en 1919 y llamados "Camisas Negras" a ejemplo de los ‘Camisas Rojas’ del líder de la unificación italiana, Giuseppe Garibaldi, dieron fuerza efectiva al movimiento e implantaron la moda del estilo fascista paramilitar.
La oposición de los socialistas a la guerra, así como el rechazo al militarismo (provenientes de las clases medias) provocó irritación en diversos sectores, y contribuyó al ascenso fascista.
El gabinete de Giolitti (liberal),  buscaba  armonizar y solventar las discordias más agudas de la vida pública italiana. Giolitti resolvió los principales problemas exteriores italianos, restauró las buenas realciones con sus aliados de la guerra, y sentó las bases para el desarrollo de la influencia italiana en la Europa suroriental. Su mayor éxito lo obtuvo en la solución del conflicto con los trabajadores que ocupaban las fábricas. Negándose a utilizar a las fuerzas armadas, llegó a un acuerdo con los obreros prometiéndoles una legislación que garantizase, a cambio de la desocupación de las fábricas, una vía de participación obrera en la dirección de las empresas. Giliotti quería demostrar que la amenaza bolchevique era un mito, y que tratando a los obreros con consideración, éstos no iban a intentar obtener el poder. El triunfo de Giliotti, sin embargo, no hizo más que atemorizar a los empresarios, que lo acusaron de haberse negado a intervenir y de obligarles a hacer concesiones.
En ese momento, Mussolini y los fascistas encontraron su auténtico papel: explotar los temores de los propietarios rurales y urbanos y la alarma de la clase media que veía descender su posición social en comparación con la de la mano de obra organizada. El fascismo sólo llegó a convertirse en una fuerza política de importancia, cuando aquellos sectores fueron incorporados a sus filas.
En 1922, Mussolini se hizo con el control del gobierno italiano -con el consentimiento del rey Víctor Manuel-  amenazando con un golpe de Estado si se rechazaban sus demandas. Mussolini en un principio gobernó de manera constitucional encabezando una coalición de partidos, asegurándose el grado suficiente de complicidad y colaboración por parte de liberales, demócratas y popoulares, que le permitió una constante evolución hacia un Estado dictatorial de partido único.
En las elecciones de 1924, en las que Mussolini obtiene una abrumadora mayoría, los socialistas Amendola y Matteotti denuncian la violencia empleada por los fascistas en el acto eleccionario, y denuncian la invalidez de éstas. Matteotti realiza la denuncia el 30 de mayo; el 10 de junio fue asesinado.
Tras el asesinato de Matteotti, el gobierno quedó desacreditado, y durante algún tiempo pareció que no sobreviviría. Aumentó la esperanza de que el rey reconociera su deber de defender la ley y destituyera a Mussolini, pero el rey se negó a adoptar iniciativa alguna, con lo que Mussolini se afianzará en el poder.
En 1925, frente a los ataques de la prudente oposición, Mussolini llegó a decir: "Asumo, yo solo, la responsabilidad política, moral e histórica por todo lo que ha sucedido... Si el fascismo es una asociación de delincuentes, yo soy el jefe de esa asociación de delincuentes". Poco después, un atentado hiere gravemente al socialista Amendola,  muriendo ocho meses más tarde.
La violencia de los fascistas no sólo no se detuvo, sino que ahora era patrocinada por el Estado. Pronto entonces se deshizo de los obstáculos que ponían freno a su autoridad e implantó una dictadura, contando con el apoyo explícito del Vaticano. Todos los partidos políticos, excepto el Partido Fascista, fueron prohibidos y Mussolini se convirtió en el "Duce" (el líder del partido). Se abolieron los sindicatos, las huelgas fueron prohibidas y los opositores políticos silenciados.
A nivel interno, el régimen trató de modelar a los italianos según su ideal de hombre activo, disciplinado y militarizado. Sus organizaciones juveniles constituyeron un instrumento característico. Los uniformes -usado incluso por los niños- fueron un símbolo de igualdad. Proclamaban que el Estado corporativo significaba la abolición de los conflictos entre las clases y el fin de la lucha entre el capital y el trabajo.
Pese a sus declaraciones de buscar la justicia social, la política social disto mucho de ser igualitaria. La carga impositiva cada vez más pesada que el régimen requería supuso una mayor participación en los ingresos estatales de los impuestos indirectos, que implicaban mayores privaciones para los consumidores con más bajas rentas. Pese a ello, mussolini aplicó una serie de políticas sociales que se estaban dando en otras zonas de Europa como seguros contra el paro, seguros de enfermedad y de retiro, así como también primas por natalidad.
El sistema sindical fascista permitió que las reducciones salariales se llevaran a cabo provocando un mínimo de protestas.
El desempleo aumentó de 111.000  en 1925 a 324.000 en 1928. La recuperación de 1929, finalizó con la crisis mundial, de manera que, en 1932, la cifra de parados superaba el millón. Los efectos de la crisis se prolongaron por el mantenimiento de la cotización internacional de la lira al nivel de 1927. Las consecuencias de esta política económica fueron el encarecimiento de las exportaciones italianas en términos de divisas extranjeras y el empeoramiento de la situación de los trabajadores de la industria y del campo (en éste último caso, debido fundamentalmente a la superpoblación).
Su política, en cambio, benefició al sector agrario de la economía, ya que por varios años Italia se transformó en un país prácticamente autosuficiente en lo que refiere al trigo.
La política económica fascista estaba ligada al poder y al prestigio militar: la pretensión de ser autosuficientes en lo que se refería al trigo estaba ligada al deseo de conseguir un alto crecimiento demográfico, y el drenaje de nuevas tierras a la realización de obras públicas a gran escala. Aparte de esto, en general sus medidas no diferían demasiado de las políticas aplicadas por el resto de los países liberales.
En lo que se refiere a política externa, Mussolini se manejó de forma agresiva; contravino las recomendaciones de la Sociedad de Naciones e inició la conquista de Etiopía (Abisinia, 1935-1936), ganándose así la aclamación de casi todos los sectores de la sociedad italiana. No obstante, la popularidad del Duce disminuyó cuando adoptó las siguientes medidas: el envío de tropas para apoyar al general Francisco Franco durante la Guerra Civil española (1936-1939), la alianza con la Alemania gobernada por el nacionalsocialismo  mediante la formación del Eje Roma-Berlín (1936), que culminó con el denominado Pacto de Acero entre ambos estados (1939), la promulgación de leyes contra los judíos y la invasión de Albania (1939).
En cuanto a su relacionamiento con España, Mussolini ejerció una notable influencia sobre los políticos españoles más conservadores. En 1923, al llegar al poder tras un golpe de Estado, el dictador Miguel Primo de Rivera trató de imitar a Mussolini e implantó soluciones e instituciones de carácter fascista hasta su caída en 1930. Posteriormente, partidos políticos de derecha, una vez implantada la II República española, enviaron emisarios a Mussolini para buscar su apoyo en los planes que estaban preparando para levantarse contra el régimen republicano. El levantamiento más tarde liderado por el general Francisco Franco se inició el 18 de julio de 1936 y Mussolini apoyó decisivamente a los rebeldes, enviando a España a una división completa del Ejército italiano.

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