Introducción
A
fines de la década de 1930, el fantasma de la guerra no sólo no se había
esfumado, sino por el contrario, parecía resurgir con mayor fuerza.
El
panorama mundial se encontraba suficientemente complicado.
La
Segunda Guerra Mundial -el conflicto militar que comenzó en 1939
como un enfrentamiento bélico europeo de Alemania contra Polonia y la
declaración de guerra por parte de Francia e Inglaterra, y se extendió hasta
afectar a la mayoría de las naciones del planeta- constituyó el mayor conflicto
de la historia en cuanto a los recursos humanos y materiales empleados.
En
total, tomaron parte en esta contienda 61 países con una población de 1.700
millones de personas, esto es, tres cuartas partes de la población mundial, de
las cuales perecieron entre 35 y 45 millones de personas.
El
horror nuevamente se instalaba en la vida de hombres y mujeres del planeta.
Después de ella, el mundo ya no sería el mismo.
El ser humano nuevamente daba
pruebas de su capacidad para lograr su propio exterminio.
La situación
después de la Primera Guerra Mundial
Las causas de la
guerra
El
resultado de la Primera Guerra Mundial fue decepcionante para tres de las
grandes potencias implicadas.
Alemania, la gran derrotada, albergaba un
profundo resentimiento por la pérdida de grandes áreas geográficas y por las
indemnizaciones que debía pagar en función de las reparaciones de guerra
impuestas por el Tratado de Versalles.
Italia, una de las vencedoras, no
recibió suficientes concesiones territoriales para compensar el coste de la
guerra ni para ver cumplidas sus ambiciones.
Japón, que se encontraba también
en el bando aliado vencedor, vio frustrado su deseo de obtener mayores
posesiones en Asia oriental.
Francia,
Gran Bretaña y Estados Unidos alcanzaron, por su parte, los objetivos previstos
en el conflicto iniciado en 1914. Habían logrado que Alemania limitara su
potencial militar a una cifra determinada y reorganizaron Europa y el mundo
según sus intereses. No obstante, los desacuerdos políticos entre Francia y
Gran Bretaña durante el periodo de entreguerras (1918-1939) fueron frecuentes,
y ambos países desconfiaban de su capacidad para mantener la paz.
Estados
Unidos, interesado en su fortalecimiento, inició una política aislacionista.
El fracaso de los
esfuerzos de paz
Durante
la década de 1920 se llevaron a cabo varios intentos para lograr el
establecimiento de una paz duradera. En primer lugar, en 1920 se constituyó la
Sociedad de Naciones, un organismo internacional de arbitraje en el que los
diferentes países podrían dirimir sus disputas. Los poderes de la Sociedad
quedaban limitados a la persuasión y a varios grados de sanciones morales y
económicas que los miembros eran libres de cumplir según su criterio.
En
la Conferencia de Washington (1921-1922), las principales potencias navales
acordaron limitar el número de naves a una proporción establecida. Los Tratados
de Locarno, firmados en esta ciudad suiza en una conferencia celebrada en 1925,
garantizaban las fronteras franco-alemanas e incluían un acuerdo de arbitraje
entre Alemania y Polonia. Durante la celebración del Pacto de París (1928), 63
naciones firmaron el Tratado para la Renuncia a la Guerra, también denominado
Pacto Briand-Kellog, por el que renunciaron a la guerra como instrumento de sus
respectivas políticas nacionales y se comprometieron a resolver los conflictos
internacionales por medios pacíficos. Los países signatarios habían decidido de
antemano no incluir las guerras de autodefensa en esta renuncia a los medios
bélicos.
El ascenso del
fascismo
Uno
de los objetivos de los vencedores de la Primera Guerra Mundial había sido
hacer del mundo un lugar seguro para la democracia en oposición al nuevo
régimen establecido en la Unión Soviética; la Alemania de posguerra (cuyo
régimen es conocido como la República de Weimar) adoptó una Constitución
democrática, al igual que la mayoría de los estados reconstituidos o creados
después de la contienda. Sin embargo, en la década de 1920 proliferaron los
movimientos que propugnaban un régimen basado en el totalitarismo nacionalista
y militarista, conocido por su nombre italiano, fascismo, que prometía
satisfacer las necesidades del pueblo con más eficacia que la democracia y se
presentaba como una defensa segura frente al comunismo. Benito Mussolini estableció en Italia en 1922 la
primera dictadura fascista.
La formación del
Eje
Adolf
Hitler, Führer (líder) del Partido Nacionalsocialista Alemán, impregnó de
racismo su movimiento fascista. Prometió cancelar el Tratado de Versalles y
conseguir un mayor Lebensraum (en alemán, ‘espacio vital’) para el pueblo
alemán, un derecho que merecía, a su juicio, por pertenecer a una raza
superior.
La Gran Depresión que se produjo a comienzos de la década de 1930
afectó profundamente a Alemania. Los partidos moderados no llegaban a ningún
acuerdo con respecto a las posibles soluciones, y un gran número de ciudadanos
depositó su confianza especialmente en los nazis. Hitler
fue nombrado canciller de Alemania en 1933 y se erigió en dictador tras una
serie de maniobras políticas.
Japón
no adoptó un régimen fascista de forma oficial, pero la influyente posición de
las Fuerzas Armadas en el seno del gobierno les permitió imponer un
totalitarismo de características similares. Los militares japoneses se
anticiparon a Hitler a la hora de desmantelar la situación mundial.
Aprovecharon un pequeño enfrentamiento con tropas chinas en las proximidades de
Mukden (actual Shenyang) en 1931 como pretexto para apoderarse de Manchuria, en
donde constituyeron el Estado de Manchukuo en 1932. Asimismo, ocuparon entre 1937
y 1938 los principales puertos de China.
Hitler,
tras denunciar las cláusulas sobre desarme impuestas a Alemania por el Tratado
de Versalles, organizar unas nuevas Fuerzas Aéreas y reimplantar el servicio
militar, puso a prueba su nuevo armamento durante la Guerra Civil española (1936-1939), en la que participó en
defensa de los militares rebeldes junto con las tropas italianas de Mussolini,
que pasaron a apoyar a los insurrectos españoles después de haber conquistado
Etiopía (1935-1936) en un breve conflicto armado.
Los
tratados firmados por Alemania, Italia y Japón (además de otros estados como
Hungría, Rumania y Bulgaria por ejemplo) desde 1936, cuando los dos primeros
países acordaron el primero de ellos, hasta 1941 (cuando Bulgaria se incorporó
a los mismos) dieron como resultado la formación del Eje Roma-Berlín-Tokio.
La agresión alemana
en Europa
Hitler
inició su propia campaña expansionista con la Anschluss (en alemán, ‘anexión’ o
‘unión’) de Austria en marzo de 1938, para la cual no hubo de hacer frente a
ningún impedimento: Italia lo apoyó, y los británicos y franceses, aceptaron
que Hitler alegara que la situación de Austria concernía a la política interior
alemana. Estados Unidos había limitado drásticamente su capacidad para actuar
contra este tipo de agresiones después de haber aprobado una ley de neutralidad
que prohibía el envío de ayuda material a cualquiera de las partes implicadas
en un conflicto internacional.
En
setiembre de 1938, Hitler amenazó con declarar la guerra para anexionarse la
zona de la frontera occidental de Checoslovaquia, los Sudetes, con sus 3,5
millones de ciudadanos de lengua alemana. El primer ministro británico, Arthur
Neville Chamberlain, inició una serie de conversaciones que concluyeron a
finales de mes con el Pacto de Munich, en el que los checoslovacos, instados
por británicos y franceses, renunciaban a los Sudetes a cambio de que Hitler se
comprometiera a no apoderarse de más territorios checos. No obstante, este
acuerdo no tardó en convertirse en un apaciguamiento infructuoso: Hitler
invadió el resto de Checoslovaquia en marzo de 1939.
El
gobierno británico, alarmado por esta nueva agresión y las amenazas proferidas
por Hitler contra Polonia, se comprometió a ayudar a este país en el caso de
que Alemania pusiera en peligro su independencia. Francia también estableció un
tratado de defensa mutua con Polonia.
La
otra vertiente de la política de apaciguamiento tenía como protagonista a la
URSS. Iósiv Stalin, el máximo dirigente soviético, había ofrecido ayuda militar
a Checoslovaquia durante la crisis de 1938, pero su proposición no fue tenida
en consideración por ninguna de las partes del Pacto de Munich. Gran Bretaña y
Francia no establecían ningún compromiso para con el gobierno soviético en caso
de un avance alemán hacia la zona oriental.
Ahora
que existía la amenaza de una guerra, ambos bandos procuraban obtener la
alianza soviética. El Pacto Germano-soviético acordaba un pacto de no-agresión;
existía, no obstante, un protocolo secreto en el que se concedía a Stalin
libertad de acción en Finlandia, Estonia, Letonia y en el este de Polonia y en
Rumania.