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jueves, 18 de octubre de 2012

Benito Mussolini y la Segunda Guerra Mundial



Mussolini adoptó una política exterior agresiva; contravino las recomendaciones de la Sociedad de Naciones e inició la conquista de Etiopía (Abisinia, 1935-1936), ganándose así la aclamación de casi todos los sectores de la sociedad italiana. No obstante, la popularidad del Duce disminuyó cuando adoptó las siguientes medidas: el envío de tropas para apoyar al general Francisco Franco durante la Guerra Civil española (1936-1939), la alianza con la Alemania gobernada por el nacionalsocialismo (partido nazi) mediante la formación del Eje Roma-Berlín (1936), que culminó con el denominado Pacto de Acero entre ambos estados (1939), la promulgación de leyes contra los judíos y la invasión de Albania (1939).
Mussolini ejerció una notable influencia sobre los políticos españoles más conservadores. En 1923, al llegar al poder tras un golpe de Estado, el dictador Miguel Primo de Rivera trató de imitar a Mussolini e implantó soluciones e instituciones de carácter fascista hasta su caída en 1930. Posteriormente, partidos políticos de derecha, una vez implantada la II República española, enviaron emisarios a Mussolini para buscar su apoyo en los planes que estaban preparando para levantarse contra el régimen republicano. El levantamiento más tarde liderado por el general Francisco Franco se inició el 18 de julio de 1936 y Mussolini apoyó decisivamente a los rebeldes, enviando a España a una división completa del Ejército italiano.
Participación en la Segunda Guerra Mundial
Mussolini, cuyo Ejército no estaba preparado, no participó en la Segunda Guerra Mundial hasta que los alemanes invadieron Francia en junio de 1940. Italia luchó contra los británicos en África, invadió Grecia y se unió a los alemanes en el reparto de Yugoslavia, la invasión de la Unión Soviética y la declaración de guerra a Estados Unidos.
Tras las múltiples derrotas que sufrieron los italianos en dichas operaciones bélicas el Gran Consejo Fascista destituyó a Mussolini el 25 de julio de 1943, le detuvo al día siguiente y firmó en el mes de setiembre un armisticio con los aliados, que habían invadido el sur de Italia.
Sin embargo, los alemanes rescataron en setiembre de ese mismo año a Mussolini, que proclamó la República Social Italiana, efímero régimen radicado en Salò (en la orilla occidental del lago de Garda, situado en el norte de Italia) y que sólo subsistió por la protección alemana. El líder italiano intentó huir a Suiza con su amante, Clara Petacci, durante los últimos días de la guerra, pero ambos fueron capturados por miembros de la Resistencia italiana, quienes les fusilaron en Giulino di Mezzegra (en las proximidades del lago de Como) el 28 de abril de 1945, siendo sus cuerpos expuestos públicamente en las calles de Milán.

miércoles, 17 de octubre de 2012

La Segunda Guerra Mundial



Introducción
A fines de la década de 1930, el fantasma de la guerra no sólo no se había esfumado, sino por el contrario, parecía resurgir con mayor fuerza.
El panorama mundial se encontraba suficientemente complicado.
La Segunda Guerra Mundial -el conflicto militar que comenzó en 1939 como un enfrentamiento bélico europeo de Alemania contra Polonia y la declaración de guerra por parte de Francia e Inglaterra, y se extendió hasta afectar a la mayoría de las naciones del planeta- constituyó el mayor conflicto de la historia en cuanto a los recursos humanos y materiales empleados.
En total, tomaron parte en esta contienda 61 países con una población de 1.700 millones de personas, esto es, tres cuartas partes de la población mundial, de las cuales perecieron entre 35 y 45 millones de personas.
El horror nuevamente se instalaba en la vida de hombres y mujeres del planeta. Después de ella, el mundo ya no sería el mismo.
El ser humano nuevamente daba pruebas de su capacidad para lograr su propio exterminio.
La situación después de la Primera Guerra Mundial
Las causas de la guerra
El resultado de la Primera Guerra Mundial fue decepcionante para tres de las grandes potencias implicadas.
Alemania, la gran derrotada, albergaba un profundo resentimiento por la pérdida de grandes áreas geográficas y por las indemnizaciones que debía pagar en función de las reparaciones de guerra impuestas por el Tratado de Versalles.
Italia, una de las vencedoras, no recibió suficientes concesiones territoriales para compensar el coste de la guerra ni para ver cumplidas sus ambiciones.
Japón, que se encontraba también en el bando aliado vencedor, vio frustrado su deseo de obtener mayores posesiones en Asia oriental.
Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos alcanzaron, por su parte, los objetivos previstos en el conflicto iniciado en 1914. Habían logrado que Alemania limitara su potencial militar a una cifra determinada y reorganizaron Europa y el mundo según sus intereses. No obstante, los desacuerdos políticos entre Francia y Gran Bretaña durante el periodo de entreguerras (1918-1939) fueron frecuentes, y ambos países desconfiaban de su capacidad para mantener la paz.
Estados Unidos, interesado en su fortalecimiento, inició una política aislacionista.
El fracaso de los esfuerzos de paz
Durante la década de 1920 se llevaron a cabo varios intentos para lograr el establecimiento de una paz duradera. En primer lugar, en 1920 se constituyó la Sociedad de Naciones, un organismo internacional de arbitraje en el que los diferentes países podrían dirimir sus disputas. Los poderes de la Sociedad quedaban limitados a la persuasión y a varios grados de sanciones morales y económicas que los miembros eran libres de cumplir según su criterio.
En la Conferencia de Washington (1921-1922), las principales potencias navales acordaron limitar el número de naves a una proporción establecida. Los Tratados de Locarno, firmados en esta ciudad suiza en una conferencia celebrada en 1925, garantizaban las fronteras franco-alemanas e incluían un acuerdo de arbitraje entre Alemania y Polonia. Durante la celebración del Pacto de París (1928), 63 naciones firmaron el Tratado para la Renuncia a la Guerra, también denominado Pacto Briand-Kellog, por el que renunciaron a la guerra como instrumento de sus respectivas políticas nacionales y se comprometieron a resolver los conflictos internacionales por medios pacíficos. Los países signatarios habían decidido de antemano no incluir las guerras de autodefensa en esta renuncia a los medios bélicos.
El ascenso del fascismo
Uno de los objetivos de los vencedores de la Primera Guerra Mundial había sido hacer del mundo un lugar seguro para la democracia en oposición al nuevo régimen establecido en la Unión Soviética; la Alemania de posguerra (cuyo régimen es conocido como la República de Weimar) adoptó una Constitución democrática, al igual que la mayoría de los estados reconstituidos o creados después de la contienda. Sin embargo, en la década de 1920 proliferaron los movimientos que propugnaban un régimen basado en el totalitarismo nacionalista y militarista, conocido por su nombre italiano, fascismo, que prometía satisfacer las necesidades del pueblo con más eficacia que la democracia y se presentaba como una defensa segura frente al comunismo. Benito Mussolini estableció en Italia en 1922 la primera dictadura fascista.
La formación del Eje
Adolf Hitler, Führer (líder) del Partido Nacionalsocialista Alemán, impregnó de racismo su movimiento fascista. Prometió cancelar el Tratado de Versalles y conseguir un mayor Lebensraum (en alemán, ‘espacio vital’) para el pueblo alemán, un derecho que merecía, a su juicio, por pertenecer a una raza superior.
La Gran Depresión que se produjo a comienzos de la década de 1930 afectó profundamente a Alemania. Los partidos moderados no llegaban a ningún acuerdo con respecto a las posibles soluciones, y un gran número de ciudadanos depositó su confianza especialmente en los nazis. Hitler fue nombrado canciller de Alemania en 1933 y se erigió en dictador tras una serie de maniobras políticas.
Japón no adoptó un régimen fascista de forma oficial, pero la influyente posición de las Fuerzas Armadas en el seno del gobierno les permitió imponer un totalitarismo de características similares. Los militares japoneses se anticiparon a Hitler a la hora de desmantelar la situación mundial. Aprovecharon un pequeño enfrentamiento con tropas chinas en las proximidades de Mukden (actual Shenyang) en 1931 como pretexto para apoderarse de Manchuria, en donde constituyeron el Estado de Manchukuo en 1932. Asimismo, ocuparon entre 1937 y 1938 los principales puertos de China.
Hitler, tras denunciar las cláusulas sobre desarme impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles, organizar unas nuevas Fuerzas Aéreas y reimplantar el servicio militar, puso a prueba su nuevo armamento durante la Guerra Civil española (1936-1939), en la que participó en defensa de los militares rebeldes junto con las tropas italianas de Mussolini, que pasaron a apoyar a los insurrectos españoles después de haber conquistado Etiopía (1935-1936) en un breve conflicto armado.
Los tratados firmados por Alemania, Italia y Japón (además de otros estados como Hungría, Rumania y Bulgaria por ejemplo) desde 1936, cuando los dos primeros países acordaron el primero de ellos, hasta 1941 (cuando Bulgaria se incorporó a los mismos) dieron como resultado la formación del Eje Roma-Berlín-Tokio.
La agresión alemana en Europa
Hitler inició su propia campaña expansionista con la Anschluss (en alemán, ‘anexión’ o ‘unión’) de Austria en marzo de 1938, para la cual no hubo de hacer frente a ningún impedimento: Italia lo apoyó, y los británicos y franceses, aceptaron que Hitler alegara que la situación de Austria concernía a la política interior alemana. Estados Unidos había limitado drásticamente su capacidad para actuar contra este tipo de agresiones después de haber aprobado una ley de neutralidad que prohibía el envío de ayuda material a cualquiera de las partes implicadas en un conflicto internacional.
En setiembre de 1938, Hitler amenazó con declarar la guerra para anexionarse la zona de la frontera occidental de Checoslovaquia, los Sudetes, con sus 3,5 millones de ciudadanos de lengua alemana. El primer ministro británico, Arthur Neville Chamberlain, inició una serie de conversaciones que concluyeron a finales de mes con el Pacto de Munich, en el que los checoslovacos, instados por británicos y franceses, renunciaban a los Sudetes a cambio de que Hitler se comprometiera a no apoderarse de más territorios checos. No obstante, este acuerdo no tardó en convertirse en un apaciguamiento infructuoso: Hitler invadió el resto de Checoslovaquia en marzo de 1939.
El gobierno británico, alarmado por esta nueva agresión y las amenazas proferidas por Hitler contra Polonia, se comprometió a ayudar a este país en el caso de que Alemania pusiera en peligro su independencia. Francia también estableció un tratado de defensa mutua con Polonia.
La otra vertiente de la política de apaciguamiento tenía como protagonista a la URSS. Iósiv Stalin, el máximo dirigente soviético, había ofrecido ayuda militar a Checoslovaquia durante la crisis de 1938, pero su proposición no fue tenida en consideración por ninguna de las partes del Pacto de Munich. Gran Bretaña y Francia no establecían ningún compromiso para con el gobierno soviético en caso de un avance alemán hacia la zona oriental.
Ahora que existía la amenaza de una guerra, ambos bandos procuraban obtener la alianza soviética. El Pacto Germano-soviético acordaba un pacto de no-agresión; existía, no obstante, un protocolo secreto en el que se concedía a Stalin libertad de acción en Finlandia, Estonia, Letonia y en el este de Polonia y en Rumania.

domingo, 30 de septiembre de 2012

1929. El Vaticano Estado independiente



La controversia entre la Iglesia Apostólica Romana y el gobierno italiano se resuelve en 1929 con los Tratados de Letran. El Vaticano se transforma así en estado independiente.


La Ciudad del Vaticano, el país independiente más pequeño del mundo, se fundó en 1929, cumpliendo los términos de los Pactos de Letrán, ratificados por el gobierno italiano de Benito Mussolini y el Papado, tras varios años de controversia.
El conflicto surgido entre el reino de Italia y el Papado, conocido como la cuestión romana, surgió en 1870 cuando el reino de Italia, recientemente constituido, anexionó los Estados Pontificios. En 1871, el gobierno italiano garantizó al papa Pío IX, por la Ley de Garantías, que tanto él como sus sucesores podrían disponer del Vaticano y de los palacios de Letrán y que se les indemnizaría con la cantidad de 3.250.000 liras anuales por la pérdida de su soberanía y del territorio.
La Iglesia, que denunció la necesidad de mantenerse independiente de cualquier poder político en el ejercicio de su misión espiritual, se negó a aceptar este propuesta; por este motivo, los papas se consideraron prisioneros del Vaticano.
El gobierno italiano y la Santa Sede iniciaron las negociaciones para resolver la cuestión romana en 1926. El fruto de estas reuniones fue el Tratado de Letrán, de 1929, firmado en nombre del rey Víctor Manuel III por Benito Mussolini, el jefe de Gobierno italiano, y en nombre del papa Pío XI por el cardenal Gaspari, su secretario de Estado.
Este documento incluía una cláusula política en la cual se establecía la creación del estado de la Ciudad del Vaticano y se concedía la completa soberanía de este territorio a la Santa Sede.
El Papa se comprometió a mantenerse neutral en todos los asuntos internacionales y a abstenerse de intervenir en ningún conflicto a menos que así fuera solicitado por las partes implicadas. También se incluía un concordato en el que se declaraba que el catolicismo era la religión oficial de Italia y un apartado económico según el cual la Santa Sede debía recibir una compensación económica por la pérdida de su poder temporal en 1870.
En 1984 se firmó un nuevo tratado con nuevas condiciones, por ejemplo, la retirada de la ayuda financiera a la Iglesia por parte del Estado, y la reafirmación de la aconfesionalidad del Estado, ya contemplada por la Constitución republicana italiana de 1947.
La Ciudad del Vaticano es un estado independiente bajo la autoridad absoluta del Papa de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Es un enclave dentro de Roma, con una extensión de 44 hectáreas.

Los Estados Pontificios

Los Estados Pontificios constituyeron el territorio italiano que estuvo bajo la autoridad directa y temporal del papa desde 1756 hasta 1870. Los papas pasaron a ser los gobernantes de la ciudad de Roma y de las zonas circundantes hacia el siglo VI d.C. Sus posesiones se fueron ampliando mediante diversas donaciones, adquisiciones y conquistas, recibiendo en conjunto la denominación de Patrimonio de San Pedro. Finalmente los Estados Pontificios llegaron a abarcar prácticamente toda la zona central de Italia, alcanzando su mayor extensión en el siglo XVI. La mayor parte de las anexiones se mantuvieron bajo el poder del papado hasta 1797, año en que las tropas francesas de Napoleón Bonaparte se apoderaron de este territorio, creando la República Romana. En 1801 el papa Pío VII recuperó parte de su poder y en 1815 el Congreso de Viena restituyó casi todas sus antiguas posesiones al Papado y mantuvo esta zona bajo la protección de Austria.
Los Estados Pontificios se disolvieron definitivamente en 1870, cuando Víctor Manuel II los anexionó al reino unificado de Italia, incluida Roma. La juridiscción del papado quedó reducida al Vaticano, en el que cada uno de los sucesivos papas permaneció como prisionero voluntario en protesta por la ocupación italiana hasta 1929, cuando quedó reconocida la soberanía independiente y completa de la Santa Sede en la Ciudad del Vaticano en virtud de los Pactos de Letrán.

Gobierno y economía
La ciudad del Vaticano está gobernada por el Papa, que tiene el poder ejecutivo, legislativo y judicial absolutos.
El poder ejecutivo se delega en un gobernador, que es responsable directamente ante el Papa.
El Sagrado Colegio Cardenalicio y varias congregaciones sagradas aconsejan y asisten al Papa en el ejercicio de su poder legislativo.
El poder judicial lo ejercen los tribunales eclesiásticos y las apelaciones a sus decisiones se dirigen al Tribunal de la Rota y al Tribunal Supremo de Signatura apostólica.
La Secretaría de Estado representa a la Santa Sede en las relaciones diplomáticas con las potencias extranjeras. La Guardia suiza se ocupa de la seguridad interna y de la protección del Papa; la plaza San Pedro está sometida a la autoridad de la policía italiana.Castel Gandolfo, el palacio de verano del Papa en las afueras de Roma, al igual que otras edificaciones situadas en la capital italiana pero fuera del Vaticano, está dotado con el derecho de extraterritorialidad.
La Ciudad del Vaticano tiene su propia moneda (la lira vaticana que equivale a la lira italiana) y su propio sistema postal. Cuenta también con una estación de ferrocarril y una estación de radio, y administra sus propios servicios de teléfono y telégrafo. El gasto anual a finales de la década de 1980 fue de 121,9 millones de dólares. Se publican un periódico diario y un periódico mensual oficial, así como libros y panfletos en diversas lenguas. El italiano es la lengua del Estado, aunque para los actos oficiales se utiliza el latín. Población (según estimación para 1989) 755 habitantes.
Edificios
La Ciudad del Vaticano está situada en la colina Vaticana, en el noroeste de Roma, justo al oeste del río Tíber (Tevere). Está rodeada por murallas medievales y renacentistas y por seis puertas.
La mayor parte de los artistas y arquitectos célebres del Renacimiento italiano trabajaron en las edificaciones del Vaticano por encargo de los distintos pontífices. La más importante de estas edificaciones es la basílica de San Pedro. Construida en su mayor parte entre los siglos XV y XVII, y diseñada por artistas como Donato Bramante, Miguel Ángel Buonarroti y Gian Lorenzo Bernini, es el centro mundial del catolicismo.
Frente a la basílica se encuentra la Piazza San Pietro (plaza de San Pedro). Otro edificio importante es el palacio del Vaticano; es un complejo de edificaciones que comprende más de 1.000 habitaciones y contiene los aposentos papales, las oficinas del gobierno de la Iglesia católica, varias capillas y museos y una biblioteca. Las partes más famosas del palacio son la Capilla Sixtina, con sus maravillosos frescos en el techo pintados por Miguel Ángel (restaurada entre 1980 y 1990), y las habitaciones de Rafael, aposentos papales con frescos pintados por el artista italiano Rafael. Los museos del Vaticano son muy importantes; entre ellos destacan el Museo Gregoriano de Arte Egipcio, el Museo Gregoriano de Arte Etrusco, el Museo Pío Clementino, con una fastuosa colección de antigüedades, el Museo Chiaramonti y la Pinacoteca del Vaticano, con obras representativas de los maestros italianos. La Biblioteca del Vaticano contiene una colección inestimable de antiguos manuscritos y más de un millón de volúmenes encuadernados. También dentro de las murallas del Vaticano se encuentran el palacio del Gobierno y los jardines del Vaticano.


domingo, 23 de septiembre de 2012

El fascismo en otros países


El régimen de Mussolini facilitó el modelo de fascismo característico de las décadas de 1920 y 1930. La Gran Depresión y el fracaso de los gobiernos democráticos al abordar las consecuentes dificultades económicas y el desempleo masivo, alimentaron la aparición de movimientos fascistas en todo el mundo. Sin embargo, el fascismo en los otros países se diferenciaba en ciertos aspectos de la modalidad italiana.
El nacionalsocialismo alemán era más racista; en Rumania, el fascismo se alió con la Iglesia ortodoxa en vez de con la Iglesia católica romana. En España, el grupo fascista radical Falange Española fue originariamente hostil a la Iglesia católica romana, aunque después, bajo la dirección del dictador Francisco Franco, se unió a elementos reaccionarios y pro-católicos.
El gobierno autoritario militar de Japón se parecía mucho al de la Alemania nazi. Dirigido por los militares ensalzaba las virtudes guerreras tradicionales y una devoción absoluta al emperador divino. Al igual que sus correligionarios alemanes, los japoneses lanzaron una fanática ofensiva hacia la expansión a través de conquistas militares.
En Francia el fascismo estaba dividido en varios movimientos. Mientras que en la mayoría de los casos el fascismo prosperó en países que estaban atrasados en el plano económico o marcados por fuertes tradiciones políticas autoritarias, el fascismo galo avanzó en una de las democracias europeas más consolidadas. En 1934 unas 370.000 personas pertenecían a las diferentes organizaciones fascistas francesas, tales como Jeunesses Patriotes (Juventudes Patrióticas), Solidarité Française (Solidaridad Francesa), Croix de Feu (Cruz de Fuego), Action Française (Acción Francesa) y Francistes (Francistas). Más de 100.000 de entre ellos se congregaban en París.
En Gran Bretaña, la Unión de Fascistas Británicos, de Oswald Mosley, disfrutó de un breve apogeo de publicidad desde su formación en 1932 hasta su colapso definitivo en 1936 cuando se prohibieron los uniformes paramilitares, pero tuvo poco apoyo público. Del mismo modo, el fascismo belga tuvo su punto álgido en la primera mitad de la década de 1930 y se reanimó por poco tiempo bajo la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. En Noruega, el fascismo atrajo a algunos simpatizantes notables como Vidkun Quisling y el premio Nobel de Literatura Knut Hamsun, pero del mismo modo necesitó de la ocupación alemana para disfrutar de algún poder político.
El fascismo disfrutó de un mayor éxito en el periodo de entreguerras en los países del este y del sur de Europa. En Austria Engelbert Dollfuss, canciller desde 1932, disolvió la República austriaca y dirigió un régimen proto-fascista en alianza con Mussolini hasta que fue asesinado en 1934 por militantes nacionalsocialistas que pretendían la unión con la Alemania nazi. El régimen personal que estableció Miklós Horthy en Hungría, en 1920, precedió en realidad a Mussolini en Italia como la primera dictadura nacionalista de entreguerras pero Horthy no era totalmente un fascista y los fascistas húngaros sólo consiguieron el poder bajo la ocupación alemana, de 1944 a 1945.
En Rumania, un fuerte antisemitismo inspiró un violento movimiento llamado la Guardia de Hierro, que convulsionó la política del país desde la década de 1920 hasta su aniquilación por el Ejército rumano bajo Ion Antonescu durante la contienda civil que siguió a la abdicación del rey Carol II en 1940.
Los fuertes antagonismos culturales y religiosos en Croacia y Bosnia llevaron a la creación de la Ustacha - un grupo fascista católico que, bajo los auspicios del Eje, llevó a cabo terribles pogromos de judíos y serbios ortodoxos desde 1941 hasta 1945.
El régimen dictatorial impuesto por António de Oliveira Salazar en Portugal en 1932 poseía notables características fascistas, sin exhibir el totalitarismo extremo del nazismo o de movimientos de otros lugares.

El fascismo italiano. Benito Mussolini


El término "fascismo" fue utilizado por primera vez por Benito Mussolini en 1919 y hacía referencia al antiguo símbolo romano del poder, los fasces, unos palos atados a un eje, que representaban la unidad cívica y la autoridad de los oficiales romanos para castigar a los delincuentes.
Mussolini, el fundador del Partido Nacional Fascista italiano, inició su carrera política en las filas del Partido Socialista.
En 1912, como director del principal periódico socialista italiano, "Avanti!", se oponía tanto al capitalismo como al militarismo. En 1914, sin embargo, cambió de actitud pidiendo que Italia entrara en la Primera Guerra Mundial y se acercó a la derecha política.
Tras la contienda, la inflación estimuló una agitación activa y eficaz de las clases trabajadoras en pro de salarios más elevados en las ciudades y en el campo, y porque el exceso de población en éste último provocó una intensificación de la lucha de clases.
Durante la guerra el costo de vida había subido mucho más que los salarios y el nivel de vida de los trabajadores había caído de manera importante. En 1918 los salarios reales eran inferiores en un tercio aproximadamente a los de 1913.
Huelgas en las ciudades y en el campo, respaldadas por los socialistas, estallaron en toda Italia.
En 1919 se produjeron más de 1800 huelgas que afectaron a un millón y medio de trabajadores, y en 1920 más de 2000 en la que tomaron parte cerca de 2.000.000 de personas (estas cifras no incluyen las huelgas a nivel nacional).
La violencia presidió estos acontecimientos: entre abril de 1919 y setiembre de 1920 resultaron muertos más de 320 trabajadores frente a un número de bajas muy reducido por parte de las fuerzas del orden. En setiembre de 1920 la presión de la clase obrera organizada alcanzó su punto culminante con la "ocupación de fábricas". Este proceso se inició cuando el gremio de los obreros metalúrgicos decidió realizar una huelga activa. Cuando los empresarios respondieron intentando realizar el lock out, los sindicatos ordenaron tomar las fábricas e intentar mantenerlas en funcionamiento.
En el campo, la falta de tierras empujó a los campesinos que no la tenían a apropiarse de las tierras  pertenecientes a los grandes propietarios. Por otra parte, la superpoblación traía aparejada la falta de trabajo: habían muchos más brazos de los que se requerían.
La alarmante situación sumada a los discursos del Partido Socialista italiano hicieron pensar que la revolución roja era inminente.
Mussolini puso su movimiento al servicio de la clase media que se sentía amenazada, los empresarios conservadores y de los intereses de los propietarios de las tierras que, junto con la Iglesia Católica de Roma y el Ejército, querían detener la "oleada roja".
Mussolini, en setiembre de 1920 decía: "Soy reaccionario y revolucionario según las circunstancias"
Este viraje le aportó a Mussolini el apoyo político y financiero que necesitaba, y su considerable poder oratorio hizo el resto (al igual que Hitler en Alemania fue un demagogo dotado de una gran efectividad).
Sus Fascios Italianos de Combate, creados en 1919 y llamados "Camisas Negras" a ejemplo de los ‘Camisas Rojas’ del líder de la unificación italiana, Giuseppe Garibaldi, dieron fuerza efectiva al movimiento e implantaron la moda del estilo fascista paramilitar.
La oposición de los socialistas a la guerra, así como el rechazo al militarismo (provenientes de las clases medias) provocó irritación en diversos sectores, y contribuyó al ascenso fascista.
El gabinete de Giolitti (liberal),  buscaba  armonizar y solventar las discordias más agudas de la vida pública italiana. Giolitti resolvió los principales problemas exteriores italianos, restauró las buenas realciones con sus aliados de la guerra, y sentó las bases para el desarrollo de la influencia italiana en la Europa suroriental. Su mayor éxito lo obtuvo en la solución del conflicto con los trabajadores que ocupaban las fábricas. Negándose a utilizar a las fuerzas armadas, llegó a un acuerdo con los obreros prometiéndoles una legislación que garantizase, a cambio de la desocupación de las fábricas, una vía de participación obrera en la dirección de las empresas. Giliotti quería demostrar que la amenaza bolchevique era un mito, y que tratando a los obreros con consideración, éstos no iban a intentar obtener el poder. El triunfo de Giliotti, sin embargo, no hizo más que atemorizar a los empresarios, que lo acusaron de haberse negado a intervenir y de obligarles a hacer concesiones.
En ese momento, Mussolini y los fascistas encontraron su auténtico papel: explotar los temores de los propietarios rurales y urbanos y la alarma de la clase media que veía descender su posición social en comparación con la de la mano de obra organizada. El fascismo sólo llegó a convertirse en una fuerza política de importancia, cuando aquellos sectores fueron incorporados a sus filas.
En 1922, Mussolini se hizo con el control del gobierno italiano -con el consentimiento del rey Víctor Manuel-  amenazando con un golpe de Estado si se rechazaban sus demandas. Mussolini en un principio gobernó de manera constitucional encabezando una coalición de partidos, asegurándose el grado suficiente de complicidad y colaboración por parte de liberales, demócratas y popoulares, que le permitió una constante evolución hacia un Estado dictatorial de partido único.
En las elecciones de 1924, en las que Mussolini obtiene una abrumadora mayoría, los socialistas Amendola y Matteotti denuncian la violencia empleada por los fascistas en el acto eleccionario, y denuncian la invalidez de éstas. Matteotti realiza la denuncia el 30 de mayo; el 10 de junio fue asesinado.
Tras el asesinato de Matteotti, el gobierno quedó desacreditado, y durante algún tiempo pareció que no sobreviviría. Aumentó la esperanza de que el rey reconociera su deber de defender la ley y destituyera a Mussolini, pero el rey se negó a adoptar iniciativa alguna, con lo que Mussolini se afianzará en el poder.
En 1925, frente a los ataques de la prudente oposición, Mussolini llegó a decir: "Asumo, yo solo, la responsabilidad política, moral e histórica por todo lo que ha sucedido... Si el fascismo es una asociación de delincuentes, yo soy el jefe de esa asociación de delincuentes". Poco después, un atentado hiere gravemente al socialista Amendola,  muriendo ocho meses más tarde.
La violencia de los fascistas no sólo no se detuvo, sino que ahora era patrocinada por el Estado. Pronto entonces se deshizo de los obstáculos que ponían freno a su autoridad e implantó una dictadura, contando con el apoyo explícito del Vaticano. Todos los partidos políticos, excepto el Partido Fascista, fueron prohibidos y Mussolini se convirtió en el "Duce" (el líder del partido). Se abolieron los sindicatos, las huelgas fueron prohibidas y los opositores políticos silenciados.
A nivel interno, el régimen trató de modelar a los italianos según su ideal de hombre activo, disciplinado y militarizado. Sus organizaciones juveniles constituyeron un instrumento característico. Los uniformes -usado incluso por los niños- fueron un símbolo de igualdad. Proclamaban que el Estado corporativo significaba la abolición de los conflictos entre las clases y el fin de la lucha entre el capital y el trabajo.
Pese a sus declaraciones de buscar la justicia social, la política social disto mucho de ser igualitaria. La carga impositiva cada vez más pesada que el régimen requería supuso una mayor participación en los ingresos estatales de los impuestos indirectos, que implicaban mayores privaciones para los consumidores con más bajas rentas. Pese a ello, mussolini aplicó una serie de políticas sociales que se estaban dando en otras zonas de Europa como seguros contra el paro, seguros de enfermedad y de retiro, así como también primas por natalidad.
El sistema sindical fascista permitió que las reducciones salariales se llevaran a cabo provocando un mínimo de protestas.
El desempleo aumentó de 111.000  en 1925 a 324.000 en 1928. La recuperación de 1929, finalizó con la crisis mundial, de manera que, en 1932, la cifra de parados superaba el millón. Los efectos de la crisis se prolongaron por el mantenimiento de la cotización internacional de la lira al nivel de 1927. Las consecuencias de esta política económica fueron el encarecimiento de las exportaciones italianas en términos de divisas extranjeras y el empeoramiento de la situación de los trabajadores de la industria y del campo (en éste último caso, debido fundamentalmente a la superpoblación).
Su política, en cambio, benefició al sector agrario de la economía, ya que por varios años Italia se transformó en un país prácticamente autosuficiente en lo que refiere al trigo.
La política económica fascista estaba ligada al poder y al prestigio militar: la pretensión de ser autosuficientes en lo que se refería al trigo estaba ligada al deseo de conseguir un alto crecimiento demográfico, y el drenaje de nuevas tierras a la realización de obras públicas a gran escala. Aparte de esto, en general sus medidas no diferían demasiado de las políticas aplicadas por el resto de los países liberales.
En lo que se refiere a política externa, Mussolini se manejó de forma agresiva; contravino las recomendaciones de la Sociedad de Naciones e inició la conquista de Etiopía (Abisinia, 1935-1936), ganándose así la aclamación de casi todos los sectores de la sociedad italiana. No obstante, la popularidad del Duce disminuyó cuando adoptó las siguientes medidas: el envío de tropas para apoyar al general Francisco Franco durante la Guerra Civil española (1936-1939), la alianza con la Alemania gobernada por el nacionalsocialismo  mediante la formación del Eje Roma-Berlín (1936), que culminó con el denominado Pacto de Acero entre ambos estados (1939), la promulgación de leyes contra los judíos y la invasión de Albania (1939).
En cuanto a su relacionamiento con España, Mussolini ejerció una notable influencia sobre los políticos españoles más conservadores. En 1923, al llegar al poder tras un golpe de Estado, el dictador Miguel Primo de Rivera trató de imitar a Mussolini e implantó soluciones e instituciones de carácter fascista hasta su caída en 1930. Posteriormente, partidos políticos de derecha, una vez implantada la II República española, enviaron emisarios a Mussolini para buscar su apoyo en los planes que estaban preparando para levantarse contra el régimen republicano. El levantamiento más tarde liderado por el general Francisco Franco se inició el 18 de julio de 1936 y Mussolini apoyó decisivamente a los rebeldes, enviando a España a una división completa del Ejército italiano.

sábado, 22 de septiembre de 2012

1919. Surgimiento de la doctrina fascista



La grave crisis social y económica que trajo la Primera Guerra Mundial, favoreció al ascenso al poder de movimientos fascistas en varios países del mundo. En Italia, Benito Mussolini -fundador del fascismo- alcanza el poder.

Fascismo
El fascismo constituye una doctrina y un movimiento político del siglo XX que pretende la estricta reglamentación de la existencia nacional e individual de acuerdo con ideales nacionalistas y a menudo militaristas; los intereses contrapuestos se resuelven mediante la total subordinación al servicio del Estado y una lealtad incondicional a su líder.
El fascismo basa sus ideas y formas en el conservadurismo extremo, y adopta en general la forma de dictaduras.
El fascismo hace hincapié en el nacionalismo, pero su llamamiento ha sido internacional.
Surgió con fuerza por primera vez en distintos países entre 1919 y 1945, sobre todo en Italia, Alemania y España.
En un sentido estricto, la palabra fascismo se aplica para referirse sólo al partido italiano que, en su origen, lo acuñó, pero se ha extendido para aplicarse a cualquier ideología política comparable.
Del mismo modo, Japón soportó durante la década de 1930 un régimen militarista que presentaba fuertes características fascistas. Los regímenes fascistas también existieron en periodos variables de tiempo en muchos otros países. Incluso democracias liberales como las de Francia e Inglaterra tuvieron movimientos fascistas importantes durante las décadas de 1920 y 1930.
Después de la derrota de las potencias del Eje Roma-Berlín-Tokyo en la Segunda Guerra Mundial, el fascismo sufrió un largo eclipse, pero en los últimos tiempos ha reaparecido de forma más o menos abierta en las actuales democracias occidentales, sobre todo en Francia y en Italia.
Las doctrinas fascistas
Antes de la Primera Guerra Mundial, algunos escritores, entre ellos el famoso poeta italiano Gabriele D’Annunzio, y los pensadores franceses Georges Sorel, Maurice Barrès, Charles Maurras y el conde Joseph de Gobineau, expresaron ideas fascistas.
Todos ellos se opusieron a los valores de la Ilustración de individualismo, democracia y racionalismo secular; y, en conjunto, sus ideas han sido presentadas como una reacción a estos valores que fueron representados por la Revolución Francesa.
El libro italiano "Fascisti" respondió a los ideales revolucionarios de "libertad, igualdad, fraternidad" con la exhortación "¡Creer! ¡Obedecer! ¡Combatir!".
En general, veneraban la fuerza: la heroica voluntad del gran líder, la fuerza vital del Estado, la mística de los uniformes y formaciones paramilitares, y la utilización de la violencia para afianzar y fomentar el poder político.
La filosofía de Friedrich Nietzsche, manipulada de forma artera por la mayoría de los fascistas, facilitó ideas y consignas poderosas al fascismo, sobre todo "el triunfo de la voluntad" y el símbolo del "superhombre".
Algunos fascistas recurrieron al cristianismo como una fuerza conservadora, mientras otros rechazaban la moralidad cristiana por reprimir la voluntad. Muchos tomaron ideas del darwinismo social sobre la lucha competitiva en y entre los estados y sobre la obligación evolutiva que tiene el fuerte de aplastar al débil: esas ideas a menudo implicaban racismo. La mayoría de los teóricos fascistas abrazó el nacionalismo extremo que, en algunos casos (Gobineau, Barrès, Maurras) incluía el antisemitismo. Como parte de su antirracionalismo, algunos propusieron un culto místico a la tradición y al Estado.
La "batalla por los nacimientos" de Benito Mussolini simbolizó la visión fascista del papel de la mujer, como pilar pasivo del hogar y madres de futuros miembros de las fuerzas armadas. "La mujer -escribió el fascista italiano Ferdinando Loffredo- debe volver bajo el sometimiento del hombre, padre o esposo, y debe reconocer por lo tanto su propia inferioridad espiritual, cultural y económica".
Uniendo el feminismo militante con el marxismo y la lucha de clases, los fascistas hicieron un llamamiento a la reconciliación entre los sexos así como entre las clases sociales, pero en términos machistas. Pierre Drieu La Rochelle, escritor francés que más tarde hizo una apología de la ocupación nazi, condenó el feminismo por ser una "doctrina perniciosa" y afirmó que las mujeres, carentes de las cualidades espirituales de los hombres, eran una fuente de decadencia. A pesar de esto, muchas mujeres han apoyado el fascismo, como Alessandra Mussolini, nieta de Mussolini, figura destacada del partido neofascista italiano Alianza Nacional.
La desarticulación económica después de la Primera Guerra Mundial y la amenaza del comunismo surgido de la Revolución Rusa de 1917, provocaron el resurgimiento del fascismo como una importante fuerza política.
Fuertes sentimientos de agravio por la derrota, o por una victoria no recompensada de un modo conveniente, en la Primera Guerra Mundial, crearon el soporte para futuras aventuras militares. El fascismo consiguió apoyo en todos los sectores de la sociedad, pero con especial intensidad entre los miembros de la clase media que temían la amenaza de la revolución comunista, de los empresarios que tenían temores similares, de los veteranos de guerra que no habían conseguido adaptarse a la vida civil, y de violentos jóvenes descontentos.

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