La profundización
de la crisis económica en Latinoamérica que se venía arrastrando de fines de
los años '50, provocó especialmente en el Cono Sur, un viraje en su historia
política.
Se iniciaría en la década de los años '70 la era de las dictaduras
militares.
La instauración de
regímenes militares en el Cono Sur, a partir de 1964 determinó una profunda
transformación de su historia política. Se puso fin al periodo de
movilizaciones sociales que le antecedieron y que significaron un crecimiento
inusitado de sectores sociales y populares. Crecimiento que derivó en algunos
países como Uruguay y Argentina en movimientos de guerrilla urbana cuyo
objetivo era impulsar una revolución social por esa vía.
Estos regímenes,
apoyados por las Fuerzas Armadas se caracterizaron por su afán desmovilizador y
su represión exacerbada en contra de la disidencia política.
En Argentina,
Chile y Uruguay esta represión comenzó inmediatamente a la usurpación violenta
del poder y el derrocamiento de los gobiernos constitucionales. Brasil tuvo su
represión más cruda al finalizar la década de los años sesenta cuyo objetivo
era aplastar los focos guerrilleros que se habían levantado durante los cuatro
años anteriores de dictadura. Argentina y Chile fueron los países en los que se
vivió la represión clandestina de manera más violenta. En Uruguay la represión
se caracterizó por ser más selectiva y dirigirse principalmente a un control de la sociedad
civil impidiendo la apertura de canales de participación. Pero fue la dictadura
del General Stroessner en Paraguay (1954-1989) el modelo articulador para el
resto de las dictaduras latinoamericanas. Éste fue elogiado por sus análogos y
por el gobierno norteamericano, al resaltar su capacidad para mantener la
"paz social a cualquier costo", en otras palabras, por su eficacia en
el control de la subversión.
Pese a esta
diferencia en el mayor o menor grado de represión, lo cierto es que todos ellos
redundaban en ciertas características comunes: su incapacidad política para
dotarse de bases de legitimidad que les permitiera crear una forma de Estado
diferente de la democracia política; sus violaciones reiteradas y persistentes
a los derechos humanos producto de la implementación de una metodología
represiva sistemática y a gran escala. Estas violaciones a los derechos
fundamentales teñidas del carácter ideológico que imponía la eliminación de
toda disidencia política, y se materializaron a través de diferentes figuras
delictivas tales como detenciones ilegales y secuestros, seguidas en la mayoría
de las ocasiones de homicidios, asesinatos y desapariciones forzadas, previa
tortura de las víctimas, todas ellas propias de las prácticas del terrorismo de
Estado. Otra característica común fue una marcada cooperación a nivel
internacional en el control y en la eliminación de la disidencia política, cuyo
blanco principal era la izquierda política, en especial los Partidos Comunistas
y Socialistas, amén de los focos guerrilleros.
Desde el punto de
vista económico, los gobiernos militares, asesorados por técnicos de ideas
neoliberales, procedieron a cierta apertura de la economía al exterior,
procurando atraer al capital extranjero y limitar la intervención del Estado.
El deterioro del salario real tuvo consecuencias imprevistas en un gobierno
conservador ya que forzó la entrada masiva de la mujer al mercado del trabajo
fuera del hogar, estrategia familiar de sobrevivencia que adoptaron los
sectores populares y la clase media.
El escritor y
político mexicano Carlos Fuentes en su introducción al Informe de la Comisión Latinoamericana
y del Caribe a la
Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social (Copenhague;
1995) exponía la situación actual de los países retrotayéndose a dicho periodo
histórico.
Según Fuentes,
tanto los Estados nacionales como los sectores productivos crecieron
notablemente a partir de la primera guerra mundial; lo que no creció fue el
acceso al crédito, la asistencia técnica, la inversión en capital humano, y
medidas compensatorias hacia los sectores de la pobreza extrema y grupos
vulnerables.
En estos años,
durante la Guerra Fría,
las políticas sociales fueron confundidas con las políticas del comunismo
soviético, y satanizadas, en consecuencia.
Las sociedades
exigían reformas. Los poderes políticos y económicos las obstruían. Las
doctrinas de la seguridad continental paralizaron múltiples iniciativas de
cambio que buscaban mayor igualdad, mejor distribución, un grado superior de
justicia.
Los Estados
nacionales de Latinoamérica, agobiados por las demandas insatisfechas de
obreros, campesinos, el sector cultural, empresarios, militares y acreedores
extranjeros, sucumbieron, en muchos casos, a las dictaduras castrenses, a la
necesidad de purgas macroeconómicas en seguida y, finalmente, a la consagración
democrática.
En la década de
los ochenta, la crisis económica redujo drásticamente el poder adquisitivo,
retrajo los salarios reales a los niveles de 1960, aumentó el desempleo, la
malnutrición y la mortalidad infantil, disminuyó el gasto y los servicios
sociales y, generalizó la pobreza. Para Carlos Fuentes, no fue sólo el
efecto de una crisis financiera, sino la consecuencia del aplazamiento de
reformas indispensables.
La mayoría de los
países latinoamericanos, con una pesada carga de endeudamiento externo, y un
contexto internacional diferente, fueron de diversas formas, restaurando sus
respectivas democracias.
Las dictaduras
latinoamericanas han reducido su alcance en los años recientes. Apenas quedan
algunos débiles amagos de reinstalar a los caudillos autoritarios. Lino Oviedo
intentó en Paraguay deponer a
Juan Carlos Wasmosy y fue rechazado por el pueblo. No le ha
quedado sino escoger el camino
de las urnas para llegar a la Presidencia.
Sin embargo, hay
algunos síntomas débiles de reimponer dictaduras o de resistir a la autoridad
civil. El almirante Mauro César
Pereira, rechazó el intento del Presidente Fernando
Henrique Cardoso de pasar una ley que indemnice a las familias de los
desaparecidos durante las dictaduras brasileñas. En los 90 en Honduras hay ruido de
sables y amagos de golpe; el ejército ha sacado los tanques a la calle en
varias ocasiones. El golpe contra Aristide, en Haití en 1991, fue seguido de su
restitución, mediante las bayonetas estadounidenses. En El Salvador se alcanzó
la paz en 1992, después de treinta años de guerra contra regímenes militares
con fachada civil. En Perú se adivina el puño castrense detrás del impasible
Fujimori, pero éste, al menos, retiene el mando visible.
El
caso chileno: El gobierno socialista de
Salvador Allende y el golpe de estado militar
Con el ingreso a
la década del sesenta, los pueblos latinoamericanos fueron conociendo los
límites de un modelo de crecimiento y distribución que perdía su dinámica y se
manifiestaba incapaz de incorporar a amplios sectores populares. Es entonces,
en el marco mundial de la
Guerra Fría, en donde se inicia un periodo de confrontación y
de luchas sociales y políticas.